“Final Fantasy XIII-2”, las bestias y la espada mágica

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A finales de año se cumplirá un cuarto de siglo desde que la saga «Final Fantasy» descendió de los cielos (color pastel y con delfines surcando arcoiris como toboganes de un parque acuático de extrarradio, sin duda). Cuarto de siglo nada menos, tiempo más que suficiente para situar por encima del bien y del mal a quien sea dentro de esta industria. Y si se trata de la madre patria de todos los RPGs fantásticos, que ha vendido más 100 millones de unidades, ni te cuento. Evidentemente, en estos cinco lustros a la franquicia de Square le ha dado tiempo a mutar y zascandilear a capricho, y más desde la fusión en caliente con Enix, así como a corregir y aumentar algunos episodios que se quedaron con los puntos suspensivos (o notas de suspenso) colgando. Justamente eso acaban de hacer con «Final Fantasy XIII-2», una de las escasas secuelas «oficiales» (la otra afectó al episodio décimo, como recordaremos) de la saga. Y lo han hecho con todas las de la ley, ya que es más que recomendable hacer flashback hacia aquel «12+1» que, a pesar de ser recibido por la crítica con las garras afiladas o, al menos, con la manicura recién hecha, despachó la friolera de 6,2 millones de unidades en todo el mundo.
El arranque del juego es tan majestuoso y boquiabiertante como cabía esperar, compases maestros que van despejando las incógnitas argumentales alrededor de una hermana dada por muerta, unos dioses con mal despertar, un inframundo en hora punta y un combate de largo recorrido. Rodajas de épica con flequillo a lo Justin Bieber, pero épica al fin y al cabo, con edificios imposibles y tonos flúor por doquier. El gótico rococó en todo su esplendor. Seguidamente, empezamos a entrar en acción y en calor con un combate a galope tendido con un titán cojonero al que vencemos sin demasiada dificultad (tanto en el modo fácil como en el normal, una tónica que se repetirá a lo largo de la aventura). Después de recuperar el aliento, la mecánica se vuelve más hogareña, más teen con mascota-gusiluz y todo y más convencional y conversacional, con sus combate con turnos tres para tres y sus exploraciones temporales. Tal vez el frenazo es algo brusco para algunos, pero poco a poco, el tono se va recuperando a fuerza de reliquias monstruosas (unas 150), rincones secretos y musas ingrávidas con los ojos rasgados. Esto es «Final Fantasy», no «God of war», por si se nos había olvidado. No siempre importa un solista virtuoso si la coreografía global es tan bella. ¿O no? Un respeto y reverencia a las canas, aunque sean teñidas con purpurina. Pompa y circunstancia. Final Fantasy. Hasta el medio siglo que viene.

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