Por San Valentín, Santa “Catherine”

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¿Es un RPG con lazo rosa? ¿Un rompecabezas daliniano? ¿Una aventura gráfica con guiños a Lynch y Kieslowski (o a Buñuel, o a Hitchcock, por qué no)? ¿Un «No more heroes» versión de alcoba? ¿O, sencillamente, un buen calentón? Pues, como siempre, todo eso y algo más. Porque «Catherine» es mucho «Catherine», uno de esos caramelos pica-pica que de vez en cuando animan el cotarro y nos hacen cosquillas en el cielo del paladar, entre otras latitudes. Y es que llevamos meses oyendo maravillas y delicatessen de lo último de Atlus, una pieza que viene precedida de un andamiaje de marketing proverbial, siempre haciendo hincapié en su look de «anime erótico», aunque al ir quitándole las capas y los velos, nos topamos con una historia dotada de una riqueza de matices y perfiles psicológicos y de tramas enredadas notable. Historia centrada en Vincent, tipo atormentado y dominado por su novia, Katherine, que una noche se ve atrapado por una chica seductora llamada Catherine. Esto es, un trío más o menos convencional que se va enredando como un juego de espejos de identidades, sensaciones y ensoñaciones en el que, si nos quedamos en la superficie (plagada de curvas tersas, lencería nacarada y poses tan insinuantes como las que adornan estas liniejas), tampoco pasa demasiado, siempre que se tenga a mano el babero.

La mecánica celeste de «Catherine» se sostiene, por un lado, a base de los puzzles que nuestro protagonista deberá escalar piramidalmente, moviendo y trasladando bloques pesados como su conciencia, para escapar de sus pesadillas monstruosas y tormentos sentimentales. Y, por otro, conversacionalmente a través de un ramillete de dilemas y decisiones (recordemos que están detrás los gurús de «Persona») que se suelen cocinar en el bar Stray Sheep (por cierto, ojo a la homónima edición especial del juego, todo un detalle para regalar por San Valentín). Con ambos remos cruzaremos las aguas turbulentas de los sentimientos siempre a flor de piel de las cabecitas locas orientales, guiados por nuestro instinto, por la gran banda sonora por parte de Shoji Meguro y un diseño firmado por Shigenori Soejima que se debate entre el claroscuro y el «hellokitty». Y sin olvidar las frases de Shakespeare, Ovidio o Milton al principio de cada episodio, que eso siempre queda fetén. Ah, Catherine, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, mi pecado, mi alma…

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