“Gears of war 3”, la gran traca final

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Hoy es otro día para señalar en el calendario con una banderita, o un paraguas de cóctel en su defecto. Porque hoy, precisamente hoy, corta y cierra al jugador-franquicia de una de las consolas estrella de lo que llevamos de siglo. Así que, alegría desbordante con un poso de tristeza crepuscular. Hablamos, cómo no, de “Gears of war 3”. Uf, “Gears of war 3”, la leche en bicicleta y en verso. A lo tonto, ya han pasado cinco años desde que un anuncio televisivo nos sacudiera una fibra escondida gracias, sobre todo, al impacto de su delicada música, el “Mad World” de Tears for Fears interpretado por Michael Andrews, en combinación con la escabechina diabólica de las imágenes. En ese momento, Microsoft había encontrado la piedra filosofal de su Xbox 360, y la explotó con mesura: una secuela un par de años después y, tras despachar unos trece millones de unidades vendidas, e innumerables títulos de “game of the year” (solo el primer “GoW” almacenó 160), la despedida y cierre de Marcus Fénix y el escuadrón Delta contra las fuerzas del Inframundo. “Gears of war 3” es un juego de los de respirar hondo antes de empezar. La trayectoria emprendida por Epic Games un lustro atrás se ve completamente culminada en esta pieza maestra, donde el motor Unreal 3 ruge como un cachalote feroz e hipermusculado. Todo aquí está elevado a la enésima potencia respecto a sus entregas anteriores: las armas, los escenarios, las criaturas salvajes (nunca un cruce entre Lovecraft, Julio Verne y “Alien” había sido tan brutal), los modos multijugadores (ojo al modo Bestia, que desde luego hace honor a su nombre, sin olvidar el Horda 2.0), los bíceps, la testosterona, los zambombazos… Y la historia, naturalmente. Épica pero también emotiva y con ese regusto cómplice de quien se sabe estar viviendo los últimos compases de algo muy grande, muy especial. En mitad de los zafarranchos, se agradecen detalles curiosos como ese “ensayo” que marca uno de los nuestros en mitad de un estadio de fútbol americano derruido y podrido de Lambent. O esa especie de cancerberos luciferinos con una bomba incrustada a la que habrá que apuntar y disparar con cuidado. Y lo mejor es que toda esta parafernalia, todos esos tentáculos titánicos y esos cielos cuajados de amenaza, circulan como la seda, sin tirones ni esquirlas. Poco más queda por añadir. Tan solo levantar el Martillo del Alba hasta donde lleguen nuestros brazos y descargarlo con fuerza una última e inolvidable vez.

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